lunes, 6 de agosto de 2012

Estupideces sin sentido

Desconozco cuál fue el origen del Facebook, aunque supongo que es muy similar al de otras redes sociales: un grupo de universitarios ñoños de Estados Unidos decidieron crear una herramienta virtual para permanecer comunicados aun cuando ya hubieran dejado sus dormitorios en Harvard o el MIT, para irse a trabajar a Silicon Valley o a algún corporativo transnacional con oficinas en el down Manhttan.

Haiga sido como haiga sido, el punto es que su invento muy pronto se convirtió en una ágil herramienta de comunicación y mucho más pronto todavía, en un instrumento de segregación clasista y en un espacio para el despliegue de la frivolidad.

Por supuesto que para muchos comunicólogos, sociólogos y psicólogos la aseveración anterior podrá parecer desproporcionada y seguramente argumentarán que las redes sociales tienen muchos más elementos positivos que negativos. Pero lo cierto es que detrás de todas esas posibles teorizaciones y consideraciones académicas, está el hecho objetivo de que las redes al estilo Facebook (Hi5, Sonico, Myspace, etc) lo único que hacen es ensalzar el imperio de la imagen, tan propio de un mundo cada vez más visual y superficial como lo es el de este siglo que transcurre y que corresponde a eso que en la década de los 60 Giles Lipovestky llamó “la era del vacío”.

Si de por sí los usuarios de las redes son en su gran mayoría jóvenes con algún grado de escolaridad, los usuarios de Facebook son en su mayoría universitarios graduados o en proceso de formación.

Lejos de favorecer la integración y propiciar un sentido comunitario, las redes sociales propician la afirmación de la identidad individual, medida a través del número de “amigos” incorporados a la red personal que denota el grado de popularidad dado por la correcta o incorrecta construcción del perfil; pero fundamentalmente por las fotografías “subidas” a la página.

En Facebook no hay lugar para la expresión de las ideas escritas; sólo existe un “muro” en el que los visitantes pueden describir cuán fenomenal y “cool” es el propietario del perfil. Y en el caso particular de las chicas, para escribir banales y ridículos comentarios acerca de algún aspecto preciso observado en las fotografías, bien, para pegar versos vacuos y cursis copiados de algún otro lugar.

A su vez, la construcción del perfil del usuario ofrece la oportunidad de proyectar una imagen que no necesariamente corresponde, y en ocasiones es diametralmente contrapuesta a la personalidad real de quien lo construye.

Incluso la decisión acerca de la red en la cual dicho perfil se va a construir determina el nivel de prestigio que se puede obtener. Actualmente la red de moda es Facebook y ya tan solo comunicar que se tiene abierto un perfil ahí es fuente de prestigio social.

Y aquí es donde los argumentos de los comunicólogos y demás hierbas respecto a la utilidad y beneficios de las redes sociales se vuelven difusos, pues de entrada no todas las personas tienen la oportunidad de usar la Internet y menos aun de incorporarse a alguna red social. De hecho esas personas, ya de por si segregadas en el mundo real, son objeto de burdas dinámicas al interior tales como definir el grado de “naquez” o “ñoñez”, y en los casos más extremos, son el pretexto para la formación de grupos de usuarios que descalifican, critican y rechazan a quienes no comparten sus mismos intereses, aspiraciones y exigencias, como los grupos que odiaban a “Marianita”, la niña de ocho años que el PRD empleó como protagonista de los spots en los que explicaba su plataforma electoral.

No obstante, lo irónico de esto es que, tratándose de universitarios, los usuarios de Facebook no hacen nada por preservar el uso correcto del idioma y, por el contrario, pareciera que quieren destruirlo. Y para comprobar esto sólo basta leer algún comentario dejado en el “muro” de un usuario popular.

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